viernes, 28 de noviembre de 2008

UN PAR DE BUENAS NOTICIAS

Para empezar bien el fin de semana quiero compartir con todos vosotros un par de noticias agradables, de esas que le alegran a uno el día. En estas frías tardes de invierno imaginemos que nuestra tertulia literaria crece al calor del fuego acogedor de una chimenea virtual, mientras departimos tranquilamente en un confortable salón creado por nuestras palabras. Es en dicha cálida atmósfera donde quiero haceros partícipes de estas pequeñas cosas que le hacen sonreír a uno.

Con ello tendré que posponer el hilo narrativo de mi blog, pero sé que sabréis perdonarme. Y yo prometo compensaros con nuevas entradas. Es por culpa de esa ligera desidia cibernética, del haberme olvidado por unos días del mundo de la blogosfera, el que no hayan llegado antes a mi conocimiento las buenas nuevas. Entono el mea culpa, ya que por ello tampoco había podido compartirlo con todos vosotros.

Lo primero que quiero agradecerle a Lola Mariné, autora del blog Gatos por los tejados, es una de las entradas publicadas en su página. En dicho post su autora da unos premios simbólicos a los blogs que ella ha elegido. Imaginad mi sorpresa cuando vi mi nombre y el título de esta bitácora. Muchas gracias de nuevo, Lola. Esto me ayuda a seguir escribiendo, a compartir mis vivencias con vosotros.

En segundo lugar debo agradecer también a Eduard Pascual, autor del blog Codex 10 y compañero de fatigas literarias, el haberme dado un consejo muy provechoso. En una de sus entradas hablaba de un concurso de microrrelatos en la página de Novelpol, dedicado a la novela negra. Como mi segunda obra es de ese género, me pareció interesante su consejo. Había que enviar un relato de 200 palabras exactamente, ni una más ni una menos. No me veía capaz de sintetizar en tan pocas palabras una historia digna de mención. Una historia con su introducción, sus personajes, su trama y su desenlace, sin que chirrié ninguna de sus partes y dándole un acabado redondo. Yo estoy acostumbrado más a la novela, a la obra larga y no me veía con fuerzas. Pero Eduard me animó a participar y acepté el reto. Considero que escribir relato es muy difícil y microrrelato pues igual aún más. Por eso admiro profundamente a todos los que tan bien se mueven en dicho medio.

Así que me decidí a participar. El premio para el ganador es un lote de libros, pero eso no es lo más importante. Me gustó averiguar que irían publicando en su web los relatos que creyeran oportunos, aparte de optar al premio final, una colección de los mejores libros del 2008. Supe también que en un programa de radio que regenta el escritor de novela negra Carlos Salem se leerían algunos de esos relatos. Perpetré un relato de 200 palabras justas, pensando que no era digno de dicho concurso. Pero lo envié de todas formas. Y día tras día entraba en dicho blog para ver si sonaba la flauta y publicaban mi escrito.

La verdad es que luego me olvidé del tema. Hasta anoche, que me acordé de nuevo. Entré, leí alguno de los textos seleccionados y algún otro artículo. Una reseña de una nueva novela y una entrevista con los responsables de la editorial Salto de página. Me interesaba ya que hablaban de dos obras suyas que ganaron sendos premios en la Semana Negra de Gijón, de lo bien que les iba después del poco tiempo que llevaba la editorial en circulación. Pero también me interesaba ya que en este momento mi obra El enigma de los vencidos está en proceso de lectura en dicha editorial y siempre es bueno estar al día de todo.

Seguí dándole al cursor, flecha abajo hacia el final de la página. Mi sorpresa fue mayúscula al ver mi nombre escrito en unas llamativas letras azules. ¡Allí estaba! Mi relato publicado. Rezaba exactamente así: "Un matrimonio al uso" por Armando Rodera Blasco. Aluciné durante un momento y tardé unos instantes en reaccionar. Ya que nunca había colgado relato alguno en ninguna página y que mis novelas están inéditas, éste era el primer trabajo mío que se publicaba en cualquier sitio, en una web totalmente ajena a mí. No ganaré, o no lo espero, pero la satisfacción de ese momento no me la quita nadie.

Así que seguiremos caminando por la senda, ya que veo que vuestra compañía me es muy provechosa. Sólo espero que todos lleguemos al final de ese camino con parte de nuestros sueños cumplidos...

martes, 18 de noviembre de 2008

EL ENIGMA DE LOS VENCIDOS

Pues sí, definitivamente ese sería el título de mi opera prima. "El enigma de los vencidos". Sonaba bien, un nombre con fuerza, contundente. O eso me han ido diciendo a lo largo del tiempo. Así que me quedé tranquilo, ya que creía que la novela con su título formaban un conjunto redondo. Vamos, que después de registrar el manuscrito convenientemente me imaginaba que sería todo pan comido. Que se pegarían por mi obra maestra. Sólo quedaba enviarla a determinados sitios y esperar, lo más difícil estaba hecho. ¡Qué iluso era! Y cómo se suele decir, qué atrevida es la ignorancia...

Antes de seguir contando mis experiencias en el difícil mundo editorial, narrando los diferentes avatares que me han sucedido en los últimos tiempos, creo que debo hacer antes un pequeño inciso. Espero sepáis perdonarme, pero seguro que lo comprendéis cuando os cuente el motivo de este paréntesis.

Seguramente muchos de vosotros habréis visto en la parte derecha del blog un apartado que reza "La web de mi novela", con su título debajo. Algunos sé que ya habéis entrado en la página, otros todavía no. Así que desde aquí, antes de contaros la curiosa historia de dicha página, os invito a visitar dicha web en el siguiente enlace: El enigma de los vencidos

Esta página surgió como una pequeña sorpresa. De buenas a primeras, el día de mi cumpleaños, se presenta mi novia con un regalo inesperado: el fantástico diseño para una web sobre mi novela. Era simplemente un esbozo de lo que sería luego, pero a mí me hizo muchísima ilusión. Era el embrión de algo que estaba por llegar.

Tengo que agradecerle a ella las numerosas horas quitadas a su tiempo libre para poder trabajar en ese proyecto. Más teniendo en cuenta que es una persona con conocimientos técnicos en la materia, pero que no se dedica profesionalmente ni al diseño ni a la programación. Así que el resultado a mi humilde entender es fantástico. Creo que ha quedado una página muy digna y que refleja perfectamente el espíritu de la obra. Gracias de nuevo por tu dedicación, has conseguido algo increíble.


Espero que os guste el elegante diseño de las diferentes páginas que están incluidas en la web, con esa especie de manuscrito o álbum de fotos y recuerdos por vivir. O la galería de imágenes del viejo Madrid, obtenidas en esas mañanas de paseo por la capital ya descritas en anteriores entradas. Y uno de los atractivos de la web y también de la obra: los diferentes enigmas.

Ahí me tendréis que echar la culpa plenamente a mí. Quise colocar en el ciberespacio algunos enigmas parecidos a los que los protagonistas de mi historia se encuentran en la trama. Os reto públicamente a todos a intentar descifrarlos. Os desafío, pero sabiendo que tiene su recompensa. Al acertar los juegos se obtiene una clave para conseguir fragmentos de la novela desde la zona de descargas. Intentadlo, seguro que es divertido. Conozco a algunos visitantes que ya han resuelto los 3 enigmas.

Ya me iréis contando las dificultades que os encontréis. Hasta entonces seguiré el hilo de mi narración, para no desviarme demasiado. Y más teniendo en cuenta que según mi opinión estaba a punto de convertirme en el próximo autor español de best-sellers. No os lo podéis perder.

Directamente tiré por la calle del medio. Uno no sabía de estas cosas y se lanzó a lo loco, sin pensar demasiado. Eso de guardar la novela en un cajón para releerla al cabo de los meses no iba conmigo. Para que esperar, era tontería. Así me fue, claro. Sólo el tiempo y los innumerables cabezazos contra la pared que me ido pegando me han hecho entrar en razón. Todo tiene su intríngulis y el mundo editorial no iba a ser menos.

Así que mandé el manuscrito a varias editoriales de las más conocidas. Como podéis imaginar me contestaron con una amable carta en la que alababan la calidad literaria de la obra, pero me indicaban que su catálogo estaba completo para esa temporada. Bueno, me dije, sólo es el primer paso. Hay multitud de puertas a las que llamar. Aunque yo no sabía la cantidad de trabajo que todavía me quedaba por hacer.

Pero por hoy lo dejamos. En próximas entradas os hablaré de los concursos literarios y de los cantos de sirena de la coedición. Seguro que surgen anécdotas interesantes cuando pongamos en común nuestras historias particulares al respecto...

lunes, 10 de noviembre de 2008

LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS

En eso se habían convertido varias de las tramas superpuestas de mi novela. En piezas de un rompecabezas virtual que poco a poco iban ensamblándose de manera natural, sin artificios y sin que yo tuviera casi parte. Las diferentes partes de la historia iban encajando unas en otras formando un todo, un ente mucho más claro que iba desembocando en una historia redonda.

Cuando yo comencé a esbozar la novela quise investigar sobre las calles madrileñas, sobre los cambios de nombres en calles importantes, cómo habían evolucionado del franquismo a la democracia. Por ejemplo la Avenida de José Antonio se convirtió en la archiconocida Gran Vía madrileña, o General Mola se transformó en Príncipe de Vergara. Pero no saqué mucho en claro, creía que era un camino sin retorno y lo deseché. Así que tuve que mirar para otro lado.

De todas formas las calles de Madrid tendrían mucha importancia. Ellas me llamaban, yo sólo tenía que acudir a su encuentro y todo lo demás venía casi sin querer. Fue una época increíble. Al hecho de que no me diera cuenta y las historias fueran casando a la perfección se une el que veía pequeñas señales por todas partes, o eso me parecía a mí. Creía estar en el buen camino.

Por ejemplo, aquella mañana de domingo. Un domingo de finales de febrero, cuando el sol empieza a lucir cómo él sabe, con un aire fresco pero casi limpio, preludio de una hermosa primavera. Me fui a pasear por el Retiro, que aparte de estar cerca de mi casa, es una de las zonas que más me gustan de todo Madrid. El que lo conoce sabe a lo que me refiero. Y allí estaba yo, bajo el inmenso azul del cielo madrileño. Esa luz increíble que a todos los autóctonos nos subyuga, pero que a los foráneos también encandila. Siempre me han dicho los que vienen de fuera que la luz de Madrid es especial. Y tienen mucha razón. Ese azul intenso, casi doloroso a la vista, teñido quizás por alguna nube lejana, casi vaporosa de blanco algodón, que no disminuía la grandeza de la bóveda celestial. Y que a todos nos hacía resurgir después de un duro invierno, ansiando esos primeros rayos solares, tan cálidos para las castigadas almas.

En ese hermoso entorno, rodeado de familias, niños con bicicleta, jóvenes patinando, personas haciendo ejercicio y tantos otros despistados que pasaban la mañana, tuve una de aquellas revelaciones, esa señal venida de no sé donde. Llegando a una plazuela muy conocida sólo tuve que alzar la vista y allí estaba. No me lo podía creer. Había pasado por allí en multitud de ocasiones y no me había fijado en lo que me brindaban los ojos. El hilo conductor de una maravillosa trama que encajaría como un guante con mis esperanzas. Todo me llegaba rodado y casi me daba miedo darme cuenta que la historia me llevaba a mí y no al revés.

O como otra ocasión en la que me encontré bloqueado, que la providencia o quién fuera vino en mi ayuda de nuevo. Yo quería desarrollar una pequeña aventura de los protagonistas a través de unos túneles que estuvieran en la capital. Por supuesto quería que fueran reales, pero al no encontrar nada, estuve pensando en crear unos totalmente ficticios, que partieran de los bajos de la Biblioteca Nacional. No tuve ocasión de ello. Casi sin querer descubrí en la hemeroteca de un diario importante que casualmente se habían encontrado unos pasadizos de más de 200 años, en una investigación universitaria de los años 90 y en un lugar que nunca me hubiera imaginado. Naturalmente fui a su encuentro y lo aproveché para la novela. Al llegar allí me vino la imagen, con mis personajes huyendo de sus perseguidores y metiéndose sin remedio en los túneles. Llegué a casa y me puse a escribir, sin mirar atrás. Estuve tan inmerso en la escritura, me llené tanto con la historia, que me pasó algo rarísimo. Cuando terminé la escena, mientras los personajes salían de los peligrosos túneles por los que habían transitado, tuve un pequeño mareo. Pensé que había sido el tener la mirada tan fija en la pantalla del portátil, que al retirarla me causó aquel efecto. Pero no, estaba verdaderamente mareado, cómo si yo hubiera pasado por los suplicios que había descrito. O mi imaginación me estaba jugando malas pasadas o aquella historia me había envuelto por completo. Tendría que retomar la situación.

De todas formas todo cuadró a la perfección y mis historias entretejieron una tela a su alrededor, dándole la forma que yo quería. Unas fueron encajando en las otras, como las famosas muñecas rusas, hasta alcanzar el cenit. Sólo quedaba rematar la faena. Darle un final acorde a las circunstancias. Y no creáis que fue nada fácil. Aunque tampoco tuve que esperar demasiado. Otra vez venían en mi ayuda o mi musa estaba inspiradísima. Ya me daba hasta miedo ver esas señales. O quizás era yo el causante, que veía señales donde no eran, pero que aprovechaba cada detalle para utilizarlo en mi favor.

Fue leyendo un reportaje en un dominical. Se contaba una historia real, ocurrida en la Europa de la II Guerra Mundial. Se me iluminó la mente y sólo tuve que dejar bailar a mis dedos. Aproveché la verdadera historia para adaptarla a nuestro país y a los hechos que aquí sucedieron en esa época en particular. Me quedé muy conforme con el resultado, ya que servía no sólo como final ficticio de mis historia. Quizás pudo suceder así y nunca nos llegamos a enterar. Mi obra había finalizado.

Y así pude terminar mi opera prima, casi sin darme cuenta. Con todas las piezas en su sitio y el alma que ya tenía la novela, arrebolada ante el bautismo con su verdadero nombre, el que siempre tuvo que tener. El que daba sentido a la historia, haciéndola nuestra, de todos nosotros. Ese título que anhelaba entre suspiros, deseando encontrar. Allí estaba, erguido ante mí, desafiante. Así se quedaría para siempre, ese nombre que llegó a mí para quedarse, sabiendo que era su destino.

La decisión estaba tomada. Mi primera novela se llamaría "El enigma de los vencidos"...

lunes, 3 de noviembre de 2008

UNA NOVELA CON ALMA PERO SIN NOMBRE


Una vez terminada mi opera prima, me asaltaron las dudas. Para ser exactos, me llevaban asaeteando mi castigado cerebro desde varias semanas atrás. Justo las anteriores a la fecha en la que puse el último punto y aparte, sin haber sacado nada en claro frente a un dilema peliagudo: el título de la novela. Tiempo y tiempo devanándome la sesera para encontrar algo en consonancia con el manuscrito, pero no daba con la tecla adecuada.

Dicen qué aún siendo uno un ávido lector, cuando uno da sus primeros pasos escribiendo comienza con lo que mejor conoce. Así que no es nada raro que un autor hable de sus vivencias, sus temores, sus sentimientos. En mi caso esto era una navaja de doble filo. No tenía costumbre de escribir todos los días, de entregarme a la causa de rellenar ese dichoso folio en blanco. Pero tampoco estaba acostumbrado a desnudar mi alma, a plasmar mis emociones o sentimientos, a buscar en la literatura lo que no encontraba en el mundo real. Y en esta tesitura estaba cuando comencé a versar sobre todo este embrollo.

En principio yo quería escribir una novela ambientada en mi Madrid, pero no sabía qué enfoque darle. Sólo barruntaba que sería una novela de aventuras, con un toque costumbrista y una trama misteriosa y detectivesca. Pero poco más. Me encontraba francamente perdido, dicho sea de paso. Y ya se sabe que los comienzos siempre son duros. Me veía como el pobre dominguero con calzado de senderismo intentando escalar el Himalaya sin arnés, oxígeno ni nada que se le pareciera. No sé si la inocencia es una virtud, pero allí me lancé sin paracaídas.

Así que el pobre protagonista, joven luchador con infancia dura y adolescencia más llevadera, comienza a vivir su historia cuando conoce a una chica de clase alta. Eso le traerá no pocos quebraderos de cabeza pero a todos tendrá que sobreponerse. Y en esa primera parte me atasqué un poco, hasta que llegué a la trama principal de la obra: la búsqueda y solución de un misterio que movería todas las estructuras establecidas.

Debe ser que a escribir también se aprende. Después de estos inicios titubeantes y debido a que por motivos personales y profesionales pude dedicar más tiempo a mis quehaceres como escritor en ciernes, pude ir sacando adelante la obra. Ya inmerso en un tumultuoso mar de misterios, enigmas por resolver y malvados perseguidores aprendí muchas cosas, de mí y del oficio de escribir. Algo impagable para una persona como yo.

Me perdía por esas callejuelas de Madrid, buscando la esencia que quería impregnar en mi obra. Ese alma literaria que se escabullía entre mis dedos y que pretendía que prendiera en la trama. Paseaba por sitios mil veces visitados o por otros que ni siquiera sabía que existían. Lo veía todo con otros ojos, con la mirada ilusionada de un niño en su primera vez en el zoológico. O con el gesto tímido de alguien a quién por fin le han quitado la venda de los ojos. Sentía la ciudad vibrar, latir su corazón. Y yo formaba parte de aquel maravilloso momento.

Recorriendo las plazas, las esquinas perdidas, los recovecos más escondidos del viejo Madrid de siempre me acostumbré a mí mismo y a mi nueva faceta. Alucinaba con las cosas que iba descubriendo sobre mi ciudad, ya fuera por verlas con mis propios ojos o por documentarme para la novela. Y todo esto me sirvió sobremanera. Algunos de esos bellos episodios los he intentado reflejar en la obra. Por ejemplo, el levantar la vista y encontrarte con esas típicas placas que nos recuerdan que allí vivió, murió o creó alguno de los insignes habitantes de la capital. Siempre me encuentro con alguna placa nueva, aunque haya pasado mil veces, es curioso.

O caminar por millonésima vez bajo los arcos de la Plaza Mayor, punto neurálgico del centro de la ciudad y quizás de mi obra. Reconocer, mal que me pese, que contaba por primera vez el número de arcadas principales que tenía la plaza. O averiguar a quién pertenecía la estatua ecuestre que anida en su centro. Y otros muchos detalles que no quiero desvelar de momento. Con todo ello conseguí que Madrid fuera uno más, o casi el principal protagonista de nuestra historia.

Yo veía mi novela casi en pantalla cinematográfica. Por las noches es cuando mejor he pensado, ahora y siempre. Y cuando me acostaba en mi cama, cuando los demonios de la noche nos visitan, yo ponía mi mente a trabajar. El proceso era sencillo. Durante el día recorría la zona sobre la quería escribir una de las tramas principales y por la noche la recreaba en mi mente, ya con los personajes metidos en su papel, transitando por esos mismos parajes. Y aunque no lo creáis, me funcionaba.

Al día siguiente, y sin haber apuntado nada en libreta alguna salvo honrosas excepciones, me ponía a transcribir lo visto en mi cinematógrafo particular. Y casi como en una escena de “Cinema Paradiso”, los personajes y sus vivencias cobraban vida. Era algo increible que yo solito estaba logrando y me sentía orgulloso y maravillado, aún sin llegar al nivel del maestro Tornatore. Pero esto lo seguiré contando en próximas entregas...