lunes, 31 de agosto de 2009

POR TIERRAS DE ESPAÑA Y PORTUGAL (II)

Como lo prometido es deuda, aquí estoy de nuevo para seguir con la narración de mis vacaciones, y para comentaros alguna otra cosilla. El verano llega a su fin y hay que volver a la rutina diaria, aunque os aseguro que no me apetece demasiado.

Seguimos recorriendo el sur de Portugal, una zona desconocida para muchos, tan cercana y a la vez tan lejana. Aunque me han comentado que últimamente se está poniendo de moda y no me extraña, por muchos y diferentes motivos.

Una visita que no hay que perderse es la ciudad de Lagos. Mezclando lo antiguo y lo moderno, conviven en dicha villa vestigios del pasado como murallas de la época cartaginesa y romana, fortificaciones árabes y reedificaciones cristianas. Paseamos por el centro del pueblo, disfrutando de la arquitectura del lugar y, como no, de unos suculentos refrigerios.

Aparcamos el coche al otro lado de la ría que atraviesa la ciudad casi de parte a parte. Para ir a la zona más concurrida teníamos dos opciones: una buena pateada hasta dar con el único puente que nos dejaba en el otro lado u optar por la opción B. Coger una especie de lanzadera acuática, que por un módico precio cruza la ría en un permanente viaje de ida y vuelta. Optamos por esta última para recorrer la zona descrita e ir después a una de sus muchas playas, la conocida por Meia Praia. Un extenso arenal en la desembocadura del Alvor donde, según la leyenda, naufragaron los galeones que traían del Nuevo Mundo el tesoro de Moctezuma.

En las afueras de la ciudad pudimos disfrutar de una de las maravillas más conocidas del Algarve: Ponta Da Piedade. Se trata de formaciones rocosas de grandes dimensiones, excavadas por el mar con formas inimaginables. Sus fuertes colores, amarillo, ocre o rojo, contrastan con el azul verdoso del mar en un espectáculo visual sin precedentes. A partir de allí se puede también disfrutar de viajes en barco para admirar las numerosas grutas y cavernas marinas de la zona, todas de inusual belleza. Igual que las playas de Doña Ana y Don Camilo, pequeñas calas encantadoras con cuevas que unen las diferentes zonas de baño y relax.

Otro día quisimos acercarnos a Portimao, uno de los emblemas mundiales de la zona, repleta de turistas alemanes y anglosajones. Cuentan con la fantástica y famosa Praia Da Rocha, una playa de arena fina y dorada que contrasta con el azul turquesa de su mar. La playa más concurrida por la juventud, situada junto a la zona más marchosa de todo el Algarve. También un buen sitio de compras donde pasamos la tarde, hasta que finalmente caíamos como todos los turistas. Allí probamos también diferentes variedades del exquisito "vinho verde" portugués, gracias a una cata a pie de mar que hizo las delicias del respetable.

Sobre la gastronomía portuguesa ya os hablé anteriormente, pero también es cierto que sus bebidas espirituosas no desmerecen. Excelentes caldos para acompañar todo tipo de platos, unas "cervejas" suaves pero muy agradables que inevitablemente te llamaban desde cualquier terracita después de salir de la playa. O la famosa "caipirinha", bebida importada del Brasil y hecha con el auténtico licor de cachaça. Riquísima, contundente y a mitad de precio que en España. Un verdadero escándalo con el que no había que desmandarse demasiado...

Nos hablaron también sobre una feria medieval que se celebraba durante el mes de Agosto en el cercano pueblo de Silves. Y hacia allí nos encaminamos, pensando que sería como otras pequeñas ferias vistas anteriormente en pueblos castellanos. Nada de eso. Se trataba de una recreación espectacular, con absolutamente toda la villa, ya de por sí bastante medieval, engalanada para la ocasión. Todo transcurría en un incomparable marco coronado por el majestuoso castillo islámico que dominaba la ciudad. Una tarde en la que el tiempo se paró y pudimos sentirnos transportados a una época muy lejana.

La quincena fue llegando a su final, mientras recorríamos otras playas, que dejaron en nuestra retina imágenes inigualables por ninguna cámara. Llegó el día de volver a España y madrugamos para intentar librarnos de los malditos atascos de toda operación retorno. Y afortunadamente lo conseguimos. Paramos para comer en la monumental ciudad de Trujillo, bajo un abrasador fuego que rondaba los 42º grados, pero pudimos contemplar su magnífica plaza y comer como reyes en la famosa Casa de la Troya, donde fuimos incapaces de acabar con su estupendo menú degustación.

De vuelta en Madrid, apenas un par de días para asuntos varios y de vuelta a la carretera, esta vez en dirección totalmente contraria. Nos encaminamos al Norte para disfrutar de la famosa Aste Nagusia 2009, más conocida como Semana Grande de Bilbao. Unos días entrañables en los que disfruté por primera vez de este acontecimiento. Contento por haber abandonado los calores que me perseguían todo el verano, incluso necesitando la compañía de una chaqueta al refrescar o lloviznar. Pero sólo fue una tarde. Al día siguiente, ya con mejor tiempo, recorrimos casi toda la ciudad, dejándonos caer por las diferentes zonas donde las fiestas se viven en todo su apogeo.

Me sorprendió gratamente comprobar que toda la ciudad se vuelca con sus fiestas. Hay multitud de actividades durante el día: juegos y concursos para niños, corridas de toros, concursos gastronómicos, charangas a cualquier hora. Una gran animación durante todo el día, en cualquier lugar de la ciudad. Incluso pude observar en directo actividades que sólo había visto anteriormente por televisión, todas importantes en la cultura vasca: levantamiento de piedras, arrastre de bueyes o exhibiciones de txalaparta.

Y por la noche, que os voy a contar. Lleno hasta los topes en todas las zonas lúdicas de la ciudad, que seguía con su diversidad de actividades de entretenimiento para todos. Conciertos en diversos sitios, a la vez, y con diferentes estilos para que cada uno accediera según sus preferencias. O la famosa ría de Bilbao, junto al Ayuntamiento, repleta de gente, joven y no tan joven, disfrutando de la música, de los amigos y de sus fiestas. Los hoteles y bares de copas también montaban sus propias carpas sacándolas a la calle para disfrute de todo el mundo.

También me gustó mucho la zona de las barracas, junto a la basílica de Begoña. Desde allí se disfrutaba en toda su magnitud del espectáculo pirotécnico que cada noche a las 22.30 tenía lugar en Bilbao. Es algo muy típico de allí e incluso los fuegos artificiales son de exhibición o de concurso; veinte minutos diarios de luz y color tras los cuales los bilbaínos dan su veredicto en forma de abucheo o aplauso, en una actividad en la que por lo visto son muy críticos dada su larga tradición.

En definitiva unas fiestas memorables a las que volveré a asistir otros años. Y una buena manera de terminar estas largas y productivas vacaciones. Como ya me he extendido demasiado, dejo para más adelante el contaros las nuevas ideas que bullen en mi mente. Hasta entonces, disfrutad del final de este larguísimo verano.

martes, 25 de agosto de 2009

POR TIERRAS DE ESPAÑA Y PORTUGAL (I)

Después de un mes de Agosto en el que no he pasado mucho por Madrid, era hora ya de volver a la rutina y escribir una nueva entrada en este blog que he tenido un poco abandonado durante el período vacacional. Seguro que sabréis perdonarme. Y aunque la vuelta a la dura realidad es difícil, hay que irse acostumbrando lo antes posible, para que el síndrome post-vacacional no nos afecte demasiado.

Quería contaros un poco mis últimas semanas, viajando por esta piel de toro tan nuestra, disfrutando de la Península Ibérica casi de parte a parte. Pero empecemos por el principio. El día 1 de Agosto madrugamos y partimos en coche desde la capital hacia el suroeste español, circulando por la carretera de Extremadura. Quise hacer una parada técnica para desayunar, estirar las piernas y descansar un rato. Y no se me ocurrió sitio mejor para hacerlo que en la imperial ciudad de Mérida.

Allí pudimos evocar los gloriosos tiempos del Imperio Romano, paseando entre las ruinas de su fastuoso Teatro. Al ser verano estaba acondicionado para el Festival que allí se representaba, pero su magnificencia no puede dejar indiferente a nadie. También descubrimos el Anfiteatro o Circo Romano, recordando, al situarnos junto a sus vestigios, que allí se celebraban luchas de gladiadores o incluso saltaban fieras temibles a la arena. A todos los presentes nos asaltaron a la mente las mismas imágenes vistas tantas veces en cine o televisión.

Continuamos viaje y después de parar a comer en Isla Canela, nos adentramos en terreno portugués al atravesar el precioso puente sobre el Guadiana que hace de frontera entre los dos países ibéricos. Unos pocos kilómetros más de circulación por una buena autopista huérfana de coches y por fin llegamos a nuestro destino: un pequeño pueblo llamado Armaçao de Pera.

Este pueblecito de pescadores que ha ido creciendo con el tiempo, debido sobre todo al boom turístico, se encuentra en el límite de dos subregiones del Algarve: Lagoa y Albufeira. Está a sólo 8 kilómetros de Albufeira, uno de los enclaves más conocidos de la zona, casi como un Benidorm portugués, lleno de turistas ingleses y alemanes. Por eso elegimos un lugar estratégicamente situado, cercano al bullicio, pero con playas menos concurridas y un grado más alto de tranquilidad. Y a fe que acertamos de pleno.

Nuestro apartamento se encontraba muy cerca del centro y de las playas, por lo que podíamos dejar el coche en el garaje del edificio e ir andando a todos sitios. Esto fue una bendición, viendo como creció exponencialmente el número de visitantes a dicho pueblo al llegar la segunda semana de Agosto, una verdadera explosión demográfica. Pero nosotros estábamos encantados, disfrutando de todas las maravillas que nos íbamos encontrando.

Por ejemplo, sus playas. En ese mismo pueblo contábamos con 5 playas diferentes, cada una con sus particularidades: la "praia" de los pescadores, donde se podían contemplar las barcas varadas en la arena donde los viejos pescadores se ponían a limpiar los peces recién capturados; la playa central de Armaçao, donde se concentraban la mayoría de los turistas foráneos o las calitas a las afueras del pueblo, con formaciones rocosas que disparaban nuestra imaginación. Sin olvidarnos de la Praia Grande, situada a un par de kilómetros en medio de un paraje repleto de dunas, precedida por una laguna de agua dulce donde los flamencos y demás aves zancudas chapoteaban para deleite general.

Visitamos también, en esos primeros días de asueto, pueblos cercanos como Pera, donde pudimos contemplar algo verdaderamente increíble; una exposición permanente de magníficas esculturas hechas en arena que te dejan con la boca abierta. También recorrimos Albufeira y las incontables playas de la zona, como la kilométrica de Falesia en el cercano pueblo de Olhos de Agua: una extensión enorme de arena coronada por fantasiosos acantilados de color rojizo y rematada por pinares exuberantes. O las calas de San Rafael o Santa Eulalia, donde uno podía tumbarse a la sombra por las tardes, a cobijo de las fuertes temperaturas de la zona.

Pude comprobar que las playas estaban limpísimas, tanto la arena como el agua. Eso sí, el líquido elemento estaba bastante fresquito, aunque en la segunda semana se agradecía ante la llegada de una ola de calor a la zona. Todas las "praias", grandes o pequeñas, urbanas o más alejadas de los centros veraniegos, contaban con aparcamientos para coches bastante decentes y unos accesos fantásticos, normalmente con escaleras de madera hasta el borde mismo de la arena, que me hicieron rememorar calas similares en nuestras queridas Baleares en los que no me hubiera importado contar con dichas características. Pero por ejemplo, aunque muchas tenían la bandera azul europea, ninguna y recalco la palabra, ninguna de las numerosas playas que he visitado en estas vacaciones contaba con ducha o similar.

Punto y aparte se merece la gastronomía del lugar. Exquisitos platos de pescado fresco a la brasa, siempre acompañados de abundante guarnición, hacían las delicias del respetable a muy buen precio: lubinas, doradas, sardinas, jureles, salmón, pez espada y cualquier otro "peixe" que se os ocurra. Sin olvidarnos de las especialidades de la zona, como la cataplana o sus sopas marineras. Aunque también degusté una "mixta" de carne, al estilo parrillada, que era imposible terminarse sin claudicar antes. Y eso que era el segundo plato de un supuesto menú del día que nos dejó sin habla. Fantástico. De sus bebidas ya os hablaré en otro momento...

Tuve tiempo también para pensar en futuros proyectos, no penséis que todo era relax y diversión. Una noche en la que no podía conciliar el sueño se coló por la ventana abierta una idea que empezó a germinar en mi cabeza, y que creo será el origen de mi tercera novela. Pero ya habrá tiempo para hablar sobre el tema en la siguiente entrada, en la que os relataré el resto de mis vacaciones. Hasta entonces, disfrutad de los pocos días que quedan de este mes de Agosto tan caluroso.