jueves, 29 de julio de 2010

"BLASFEMIA", DE DOUGLAS PRESTON

Revisando mis archivos me he encontrado con una reseña que escribí hace tiempo sobre "Blasfemia", el último libro escrito en solitario por Douglas Preston, y que no llegué a publicar nunca en sitio alguno. Soy un ferviente seguidor de las novelas que escribe Preston junto a su amigo Lincoln Child, encabezadas por las aventuras del inefable agente Pendergast, pero este libro tiene también un punto muy interesante que nos hará reflexionar. Y de este modo terminamos un calurosísimo mes de Julio, repleto de grandes emociones y buenos momentos para recordar.


Nos encontramos ante un thriller auténtico, en el mismo tono científico de algunas de las mejores obras del malogrado Michael Crichton, con un punto de suspense que nos permite disfrutar de una trama provocadora, llevando al límite la controversia entre ciencia y religión. En esta ocasión Preston abandona las rentables novelas escritas a cuatro manos con Lincoln Child para lanzarse sin paracaídas con una historia que puede crear una gran polémica.

La trama transcurre en Arizona, en una zona desértica dentro de la reserva de los indios navajo en el sur de Estados Unidos. El gobierno americano ha construido allí el Isabella, el mayor y más potente acelerador de partículas del mundo, dentro de unas enormes minas de carbón abandonadas. Se han gastado cuarenta mil millones de dólares de los contribuyentes para poner en práctica un experimento único: la recreación del Big Bang, la supuesta explosión que dio origen al universo.

En un búnker bajo tierra con los más sofisticados medios se encuentran recluidos doce de los científicos más afamados del planeta, capitaneados por el doctor Hazelius, eminente físico galardonado con el Nobel. La falta de resultados, el trabajo exhausto durante semanas y el hecho de encontrarse tan alejados de la civilización hace que salten chispas en sus relaciones. Se sienten presionados políticamente, pero no consiguen llevar el Isabella a su máxima potencia, ya que se encuentran con una anomalía en el programa que les hará plantearse todas sus creencias.

El gobierno intenta colocarles un ex espía de la CIA, Wyman Ford, haciéndole pasar por antropólogo que actuará como enlace con las comunidades vecinas, con las que también hay roces. La antigua relación amorosa de Ford con la subdirectora del programa, Kate Mercer, le traerá más quebraderos de cabeza que ayuda en su misión. Y lo que se encontrará en el interior del búnker le hará plantearse si está o no en el lado adecuado.

Sus problemas se multiplicarán al saber que un telepredicador se hace eco del experimento. En su programa de televisión arremete contra el gobierno americano y los promotores del Isabella, diciendo que el intento de recreación del momento del Big Bang es una blasfemia y atenta contra la idea cristiana del Génesis. Aduce que sólo Dios tiene poder para crear el mundo y los humanos con sus ideas evolucionistas llevan a la humanidad hacia el desastre.

Un pastor fundamentalista que trabaja en la zona navajo cree ver la luz de Dios, que le guía hacia su éxtasis propio. Pretende que las masas cristianas se unan para combatir al Anticristo, encarnado por Hazelius, y destruir el acelerador de partículas y todo lo que conlleva en su Armagedon particular. La contienda está servida.

En esta obra se nos plantea la disyuntiva entre ciencia y religión, pero es también una crítica feroz hacia el establishment americano, y los fundamentalismos cristianos alejados de la rama católica. Se nos muestra también el enorme poder del marketing viral, ya que una carta enviada por mail por el pastor Eddy se convierte en escasas horas en una noticia bomba que puebla más de cincuenta mil páginas web, llamando al pueblo cristiano a luchar contra Satanás. El problema es que una multitud enfervorecida hace caso al visionario de Cristo y arremete contra el poder establecido sin medir las consecuencias.

La trama científica está exhaustivamente documentada y no se hace pesada para el lego en la materia, llevándonos de la mano por el alucinante descubrimiento que tiene lugar en el interior del búnker. Lo complejo de la situación allí vivida se nos narra en todo su esplendor, sintiéndonos un personaje más en la recreación de los experimentos allí realizados. Los personajes están muy bien perfilados y la trama adquiere un ritmo febril según se acerca el momento final.

Una novela bien trenzada que no deja títere con cabeza en su despiadada crítica. En mi opinión es más descarnada que “El código Da Vinci”, aunque en este caso no ataca al Vaticano y su curia romana, pero sí a las diferentes ramas pseudos cristianas que tienen tanto poder en Norteamérica, o a la Iglesia de la Cienciología. Sin olvidarnos del infausto papel del Gobierno en todo el desastre, que el autor nos recuerda sin dudarlo.

En definitiva un thriller en toda la extensión de la palabra, que nos ayuda también a reflexionar sobre ciertos aspectos de la existencia, permitiendo que disfrutemos con una lectura amena y entretenida.

lunes, 19 de julio de 2010

EL VERANO QUE NUNCA OLVIDAREMOS

Después de unos días de asueto en la playa, y ya de vuelta a Madrid, reconozco que me está costando recuperar la normalidad y retomar los proyectos recién aparcados. Imagino que el sofocante calor que reina estos días en la capital, y que parece ser seguirá instalado entre nosotros, no ayuda precisamente a que las neuronas rijan a toda velocidad. Y uno echa de menos la brisa marina, claro está, en esas largas noches veraniegas en las que es imposible pegar ojo ni con el aire acondicionado puesto.

Hemos pasado una semana en la preciosa isla de Menorca, disfrutando de sus playas, su gastronomía, sus bellos parajes y una tranquilidad que para mí quisiera el resto del año. Y todo eso mientras en el resto de España se vivían unas jornadas inenarrables de exaltación popular. Pero vayamos por partes.

Nos alojamos en la zona norte de la isla, cerca del conocido puerto pesquero de Fornells, famoso por su caldereta de langosta, en una urbanización de estilo ibicenco compuesta por multitud de apartamentos situados estratégicamente en la ladera de una colina abierta al mar. Lo curioso es que esta urbanización, de estilo apartahotel, contaba con animación, recepción 24 horas y todos los servicios que os podáis imaginar, pero..., todo ello regentado por italianos!!! Os podéis imaginar el cachondeito y las bromas con el personal del hotel, todos majísimos, cuando aparecía por la recepción con mi camiseta de "La Roja". Aunque el que rie el último rie mejor...

Con nuestra base de operaciones allí instalada, y con el coche alquilado desde la península dada la escasez de vehículos, decidimos recorrer la isla para disfrutar de un entorno declarado reserva de la biosfera por la UNESCO. Visitamos las recónditas calas del norte, de arenas oscuras y/ rojizas, atravesando estrechísimas carreteras de acceso que preservan estas maravillas naturales del turismo masivo y la degradación ecológica. Como Cala Pregonda, a la que sólo se accede andando una media hora por terrenos escabrosos y bajo un sol de justicia, después de dejar el coche en el parking adyacente. Pero os aseguro que la caminata merece la pena. O la espectacular playa de Cavallería, con su faro y su cabo rompiendo las aguas cristalinas de esa parte del Mediterráneo, mientras muchos turistas se embadurnaban el cuerpo con las arenas rojizas de la zona, imagino que para exfoliar la piel.

La isla no es muy grande, unos 55 kilómetros de Este a Oeste, aunque las carreteras distan mucho de las autovías a las que estamos acostumbrados. Aunque eso es parte de su encanto y lo que sigue permitiendo que el turismo de masas no haya llegado todavía a Menorca, ni la salvaje corrupción urbanística del Levante español se instale en uno de los paraísos que todavía perduran en el Viejo Continente.

Visitamos también las dos ciudades principales de la isla. Primero la encantadora Ciudadela, por la que te podías perder por callejuelas y soportales en su casco antiguo, degustando productos típicos de la zona mientras nos cruzábamos con personajes famosos como la actriz Ana de Armas o el futbolista Joseba Etxeberria, antes de alcanzar su famoso puerto fortificado, jalonado de restaurantes donde el pescado y el marisco alcanzan su máxima expresión.

La ciudad de Mahón me gustó algo menos, quizás porque ejerce más de capital administrativa de la isla, dejando a Ciudadela la capitalía más turística. Cuenta con uno de los puertos naturales más importantes del Mediterráneo, de más de 5 kilómetros de largo y casi uno de ancho en algunas zonas, que recorrimos en un barco turístico en el que este marinero de agua dulce comenzó a marearse en cuanto la embarcación abandonó las tranquilas aguas de la bahía para adentrarse en alta mar mientras viraba de nuevo a tierra. Aunque eso no me impidió disfrutar de bellas vistas, como la fortaleza de La Mola construida siglos atrás, el antiguo hospital de enfermedades infecciosas, la casa del almirante Nelson o las impresionantes construcciones que los ricos y famosos poseen en un lateral del puerto, colgadas literalmente sobre el mar, con sus particulares plazas de atraque, única manera de llegar hasta ellas.

La zona sur de la isla también la visitamos numerosos días, maravillándonos ante las increibles playas que uno puede encontrarse en la zona. Playas de arena blanca y aguas transparentes, dignas del mejor Caribe pero mucho más nuestras, en parajes abiertos como la playa de Son Bou, un arenal de 4 kilómetros de largo, o más recónditos como Cala Porter, un agreste barranco convertido en playa para deleite de los sentidos. Sin olvidarnos de bellezas como Cala Galdana, Cala Mitjana, Cala Macarella y otras muchas que no voy a enumerar.

Y entre tanta belleza y tranquilidad no podía dejar de contaros las extrañas sensaciones que viví mientras la selección española de fútbol avanzaba hasta la final del campeonato del mundo. Que le vamos a hacer, a mí también me gusta el deporte. En una zona repleta de turistas extranjeros, la mayoría con sus selecciones ya eliminadas, me sentía algo extraño, casi como si no estuviera en mi país. Aunque los saludos de gente desconocida, incluso de coches y camiones pitando al verme con la camiseta roja, me llenaron de orgullo.

Alejado de la capital, y sin poder creer que fuera a ver una final largamente esperada en un entorno tan distinto al mío, disfruté y sufrí como un condenado en ese partido en el que los holandeses nos dieron patadas sin descanso. Hasta que el estallido de alegría y el grito correspondiente que di asomándome al balcón del apartamento cuando Iniesta marcó el gol de su vida me hicieron olvidarme de todo. En el silencio de la noche, estupefacto por no oír cohetes, ni gritos ni claxon alguno en aquel recóndito lugar, salimos a la calle y celebramos la victoria en un bar anexo al hotel, regentado por españoles. Allí quedaban todavía unos pocos pero entusiastas seguidores, que acto seguido se lanzaron a la piscina vestidos y todo, mientras tomábamos unas copas y hablábamos con desconocidos tan contentos como nosotros, aplaudiendo espontáneamente cuando en la televisión allí instalada vimos el famoso beso de Iker Casillas y Sara Carbonero.

Tengo que reconocer que entre la playa y el mundial no he pensado mucho en literatura, no lo voy a negar. Incluso he leído bastante menos de lo que acostumbro en vacaciones, pero os aseguro que esta semana no la olvidaré en la vida. Sí, ya sé que lo del pan y circo sigue instalado entre nosotros, pero por unos días no viene mal olvidarse de problemas y sinsabores mientras disfrutamos de una experiencia con la que nadie contaba. Al principio me dio rabia no poder estar en Madrid para celebrar la vuelta de los campeones, aunque viendo la increíble y desmesurada respuesta de la afición no sé si me hubiera atrevido a meterme en esa vorágine de gente feliz. Lástima que esos dos millones de personas no se lancen a la calle para protestar por el empleo precario, la corrupción política, el problema de la vivienda o la maltrecha economía. Pero esto es España, para bien y para mal, y por una vez, y sin que sirva de precedente en este país que tendríamos que dar la vuelta como un calcetín, yo también estoy orgulloso de ser español.

domingo, 4 de julio de 2010

UNOS DÍAS DE RELAX

En estos primeros días de verano he tenido tiempo de vivir diversas situaciones con las que es imposible aburrirse: por ejemplo mi cumpleaños, con las felicitaciones y mensajes de ánimo a través de redes sociales y mensajes privados de numerosos amigos virtuales y reales que hicieron mucho más agradable el día.

O que decir del sufrimiento y la posterior explosión de júbilo ante la visión de los últimos partidos de la selección española. Sí, soy futbolero, que le vamos a hacer. Nervioso y expectante veo el juego de España, que no está llegando a lo que nos tienen acostumbrados en los últimos tiempos, pero sí les ha valido para alcanzar cotas nunca vistas por los aficionados españoles. Y para una vez que llegan a semifinales, no voy a estar en Madrid para celebrarlo si es que finalmente, y como deseo, España se hace con el título. Algo inaudito para varias generaciones de seguidores, y que, crisis mediante, paralizará a buen seguro el país si es que llega a suceder tal cosa. Pan y circo, ya se sabe. Pero por una vez, estaría encantado de que algo así llegara a pasar.


O ya que hablamos de Madrid, hemos sufrido también una huelga salvaje de metro que ha tenido paralizada la ciudad durante unos días y que espero se solucione en próximas jornadas, aunque estaré alejado unos cuantos kilómetros...

Y es que, queridos amigos, a mitad de semana nos marcharemos unos días a disfrutar de las playas y la tranquilidad de Menorca. Un sitio paradisíaco, con unas calas de ensueño, en el que esperamos reponer fuerzas para afrontar nuevos retos. Este año hemos elegido julio para disfrutar de las merecidas vacaciones por diversos motivos, así que espero que el resto del verano no se nos haga demasiado largo.

Nos olvidaremos del calor sofocante de los últimos días, en un comienzo extrañísimo de verano en el que no hay día que falte una fuerte tormenta que lo único que hace es refrescar un poco el ambiente para posteriormente traernos más calor. Y aunque me mantenga alejado de la tecla y la conexión a Internet, seguiré pensando en proyectos presentes y futuros.

En este caso os contaré que mi tercera novela, que todavía no tiene título, la he aparcado después de tener escritas 40.000 palabras. Una idea fulgurante se cruzó por mi mente y decidí que el verano no era mala época para intentar llevarla adelante. Se trata de una historia de personajes, una novela entre el drama y el thriller bastante alejada de lo que estoy acostumbrado a escribir. Algo intimista, estudiando los conflictos entre las protagonistas, todas mujeres, en una trama que me está ayudando a conocer mi yo más introspectivo, tanto a nivel personal como en mi papel de escritor. Una historia cuyo título provisional es "La luz al final del túnel", y de la que ya llevo escritas 100 páginas a doble espacio. No pretendo que sea una novela muy larga, sobre todo debido a la peculiar visión que tiene el narrador de la historia, así que con un poco de suerte y mucho de trabajo pretendo tenerla bastante perfilada para cuando acabe el verano.

Y después de varias semanas de asistir a eventos literarios me tomaré este verano con más calma, pensando en diversas ideas y proyectos que tengo en mente, ya sean relacionados con la literatura como otros más personales y profesionales.

Así que me olvidaré del calor, del metro y de todo lo demás. Y aunque tenga que animar a España rodeado de alemanes o cualquier otro tipo de guiri en la playa, así lo haremos. Os traeré alguna instantánea de los sitios que recorra, esas maravillosas imágenes que luego siempre me hacen recordar los buenos momentos vividos.

Disfrutad de estos días lo mejor que podáis. Y en unos días, que seguramente se pasen muy rápido, estaré de nuevo por aquí para seguir compartiendo con vosotros esta comunidad virtual que nos unió a través de la literatura.

Os dejo con un video con el que la isla de Menorca promociona su turismo aprovechando la publicidad de una marca de bebidas. Espero que os guste. Hasta muy pronto...