jueves, 8 de mayo de 2014

HISTORIAS DE NUEVA YORK (II)

Nuestro primer fin de semana en la Gran Manzana llegó a su fin, y el lunes comenzó con el tiempo algo revuelto. El cielo amenazaba lluvia, pero eso no iba a arredrarnos. Cogimos el metro hasta Washington Square, dispuestos a patearnos algunos de los barrios más conocidos de Manhattan.

Comenzamos por Greenwich Village, partiendo de la plaza de Washington Square con su famoso Arco de Triunfo. Ya nos habíamos percatado de las diferencias entre el centro de Manhattan y zonas como Brooklyn o Queens, pero en el Village, por mucho que pertenezca también a Manhattan, se distinguen también importantes diferencias con el Midtown.

Casas más señoriales, calles mucho más tranquilas y menos ruidosas, edificios con solera, iglesias victorianas, jardines de corte británico... Ésta fue la zona más bohemia de la ciudad, lugar donde muchos artistas vivieron y trabajaron: actores, escritores, músicos y otras profesiones en las que el talento es una parte primordial del día a día.
 
Recorrimos sus hermosas calles, impregnándonos de esa magia que todavía no ha abandonado el entorno. Pasamos por la casa donde vivió Mark Twain, con una placa que recuerda al gran escritor. El ambiente invitaba a evocar esos tiempos lejanos gracias a una atmósfera especial que nos envolvía por doquier.

Nunca he sido demasiado mitómano, pero no podía marcharme de Nueva York sin verlo con mis propios ojos. Y es que mi serie preferida de todos los tiempos, “Friends”, se rodó en el Village. Tras averiguar en foros la dirección exacta de la famosa fachada de la casa donde vivían los protagonistas, nos dirigimos hacia allí para verla con nuestros propios ojos. He de decir que nos costó encontrarla, pero por fin dimos con ella. Para los interesados, está en la esquina de Bedford Street con Grove Street.
 
Seguimos nuestra ruta recorriendo el Soho, plagado de fastuosas tiendas en locales a la última moda, con buenos precios en algunas marcas americanas que pueden hacer las delicias de los amantes del shopping. Y acabamos en la zona de Chinatown, un lugar que has podido ver en las películas, pero del que no te haces una verdadera idea hasta que no te encuentras inmerso en él. Fascinante en muchos sentidos, aunque a mí no fue de lo que más me gustó de la ciudad.

Nos dimos cuenta de que el barrio chino había fagocitado Little Italy, la antigua zona donde se asentaron los primeros inmigrantes italianos de Nueva York. Ahora queda supeditada a un par de calles y varios locales típicos para turistas, pero todavía conserva su encanto. Allí paramos para comer y reponer fuerzas después de toda la mañana andando.

Las nubes hicieron al final acto de aparición y la jornada se torció, ya que no dejó de llover en toda la tarde. Así que, para no mojarnos demasiado, decidimos invertir el tiempo en visitar centros comerciales. Algunos nos sonaban mucho como los famosos Macy’s o Bloogmindale, pero otros como la cadena Century 21, descubierta gracias a foros de viajeros, fueron todo un descubrimiento. Otro sitio recomendable para comprar grandes marcas a precios muy rebajados: ropa, complementos, regalos y otras muchas cosas.

El martes decidimos visitar nuestro primer gran museo de la ciudad: el Museo de Historia Natural. Una visita alucinante que nos encantó. Tiene exposiciones increíbles como la de los dinosaurios (aquí trabajaba el televisivo Ross Geller, el paleontólogo de “Friends”), la de los meteoritos; las de grandes mamíferos de África o América, escenas de la vida cotidiana de pueblos y tribus de los cinco continentes, etc. Allí estuvimos más de tres horas recorriendo sus inmensas salas, pero te puedes tirar todo el día sin mayor problema, es una visita altamente recomendable.

Nada más salir de allí, en la zona oeste de Central Park, te encuentras con el famoso edificio Dakota, lugar donde vivió y fue asesinado John Lennon. A escasos metros, ya dentro del parque, se encuentra Strawbery Fields con el famoso emblema de “Imagine” en el suelo, plagado de turistas de todo el mundo que querían verlo con sus propios ojos.
 
 

Antes de perdernos por Central Park miré en perspectiva a los dos edificios recién mencionados, comprobando la escasa distancia entre ellos. Mi mente hizo una extraña asociación de ideas y recordé entonces los libros de Douglas Preston y Lincoln Child, con el inefable agente Pendergast como protagonista, una de mis sagas preferidas de ficción. El agente tenía un apartamento en el Dakota y se vio involucrado en numerosas aventuras dentro del Museo, así que el paseo por lo menos le resultaba corto para efectuar sus pesquisas... Tonterías que se le ocurren a uno en medio de la gran ciudad.
 
Recorrimos esa zona del parque, atravesando el Paseo de los Escritores con las estatuas de ilustres como Walter Scott. Más tarde, tras coger el metro, nos acercamos de nuevo a uno de los emblemas de la ciudad con intención de hacer la visita completa subiendo al mirador del Empire State. Aunque antes, también le echamos un vistazo al no menos impresionate Chrysler Building.

Llegamos a la calle 34 y el famoso Empire State nos recibió con su imponente presencia. Tras comprar la entrada y recorrer varios pasillos y ascensores, por fin alcanzamos el piso 86 del inmortal rascacielos. Serían las 6 de la tarde, todavía era de día, y multitud de turistas se agolpaban en la superficie abierta de 360 grados desde la que se ve toda la ciudad y, gracias a la buena visibilidad de la jornada, también los estados cercanos: Nueva Jersey, Masachussets y otros. Ráfagas de aire frío se levantaban de vez en cuando, pero las impresionantes vistas te hacían olvidarlo todo. Unas imágenes impactantes que siempre recordaremos.

Hicimos tiempo, esperando que llegara la noche. El crepúsculo cayó sobre Nueva York y las luces de los edificios se fueron encendiendo poco a poco. Un espectáculo que vivimos extasiados, mientras cada vez iban llegando más visitantes, atraídos por esas vistas que no dejan indiferente a nadie.

Allí arriba me asaltaron también las imágenes de diversas películas donde el Empire State ha sido protagonista: las de King Kong, una comedia romántica con Tom Hanks y Meg Ryan, y sobre todo, la película de cuyas fuentes bebe la anterior: “Affaire to remember”, con los espléndidos Cary Grant y Deborah Kerr. Una de mis películas preferidas de todos los tiempos, en España titulada “Tú y yo”, de la que muchos recordarán la eterna espera del protagonista en lo alto del emblemático edificio, suspirando por la llegada de una mujer que nunca pudo llegar a su destino...

Mitomanías aparte, el martes fue un día para recordar. La tarde terminó con un paseo por Times Square de noche, una zona bulliciosa llena de gente de todo tipo y condición,
con todos los carteles iluminados en una amalgama de luces y colores que pueden incluso llegar a aturdir a los viandantes. 

Pero el miércoles tampoco se quedó atrás. Amaneció buen día y decidimos ir en metro hasta Battery Park, dispuestos a coger el ferry que nos llevaría hasta Liberty Island y Ellis Island. Queríamos visitar la Estatua de la Libertad y la isla de Ellis, lugar al que eran destinados los inmigrantes de principios del siglo XX nada más llegar a Nueva York. 

Quizás fue el único sitio donde esperamos algo de cola en todo el viaje. Y he de añadir que los neoyorkinos organizan muy bien ese tipo de esperas, que no tardaron nada ni en la aduana del aeropuerto JFK, ni en la subida al Empire State.

En menos de media hora compramos las entradas, esperamos la primera cola para el ferry, pasamos los arcos de seguridad, y nos dirigimos hacia nuestra primera parada de la visita turística: la Estatua de la Libertad. El viaje en ferry es cortito pero intenso. Abandonas Manhattan por su lado sur, divisando cada vez más lejano el skyline de los rascacielos de la zona financiera, con la Torre Freedom en lugar destacado.
 

Nos subimos a la parte de arriba del ferry para ir al aire libre y tener mejores perspectivas. Y si increíble es ver alejarse el perfil de la ciudad, más increíble aún es ver como la mole de 96 metros de la estatua se va acercando cada vez más. Otro símbolo de la ciudad que quería conocer in situ, y os aseguro que la visita mereció la pena. Desembarcamos en la isla y recogimos la audioguía que te explica detalles del monumento en varios idiomas.
 
Tras un paseo por la isla, las consiguientes fotos y demás, embarcamos de nuevo en el ferry con destino a nuestra segunda parada: la isla de Ellis. El antiguo edificio de aduanas ha sido convertido en un interesante Museo que merece la pena conocer. Y de nuevo, las imágenes de películas como “El padrino” te asaltarán sin dudarlo...
 
Muchos turistas deciden coger el gratuito ferry a Staten Island, desde el que se ve de lejos la Estatua de la Libertad. Yo aconsejo hacer la ruta que recorrimos nosotros. Sólo cuesta 18 dólares y es muy recomendable. No os arrepentiréis.

Regresamos a la zona de Wall Street, recorriendo el centro financiero del mundo tras reponer fuerzas en un restaurante mexicano: el edificio de la Bolsa de Nueva York, el Federal Hall con la estatua de George Washington, la Zona Cero, Torre Libertad, Trinity Church y otros lugares del imaginario colectivo, como el famoso toro de Wall Street. Un día muy aprovechado en el que acabamos derrotados pero felices tras una nueva jornada maratoniana en la ciudad de los rascacielos.
 

La semana avanzaba, y los sitios indispensables por visitar en nuestro viaje iban siendo tachados de la lista. Todavía quedaban sorpresas por descubrir, pero eso será en el próximo post, el último dedicado a Nueva York. Por lo menos de momento...

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