lunes, 28 de abril de 2014

HISTORIAS DE NUEVA YORK (I)

Hoy quiero recuperar la actividad de este blog, que tengo algo abandonado en estos últimos tiempos, con una entrada muy especial, mezcla de experiencias vitales y literatura de viajes. A lo largo de la historia de esta bitácora ya lo he hecho en alguna que otra ocasión, por lo que hoy me acercaré a vosotros para narraros en primera persona uno de esos grandes viajes que siempre recordaré.

Y es que en este mes de abril he tenido la suerte de disfrutar de diez maravillosos días en la ciudad de Nueva York. Por fin pude visitar la Gran Manzana, la ciudad que nunca duerme. Una experiencia más que gratificante que me apetece compartir con todos vosotros.

Nueva York es una ciudad que todos conocemos de uno u otro modo: la literatura, el cine y la televisión nos traen a la memoria infinidad de imágenes y recuerdos de esta gran urbe. Pero hay que vivirla desde dentro, y sólo así te darás cuenta de que todo lo que habías oído sobre la ciudad de los rascacielos se queda corto, muy corto diría yo. I love NY!!
 
Aparte de que siempre he querido visitar Nueva York por muy diversas razones, unos buenos amigos instalados desde hace tiempo en Manhattan llevaban años diciéndonos que fuéramos a visitarlos. Y por fin, en este 2014, nos liamos la manta a la cabeza y cruzamos el charco, dispuestos a dejarnos conquistar por una ciudad que tiene mucho más de lo que se ve en películas o folletos turísticos.

Nuestro periplo comienza un viernes por la mañana en el aeropuerto de Barajas de Madrid. Tras pasar diversos controles de pasaportes debido a la seguridad de los vuelos a Estados Unidos, nos subimos en un Boeing de la compañía Delta Airlines. Un vuelo de ocho horas que no se hizo pesado, gracias a la atención del personal de la aerolínea (perdí la cuenta de las veces que pasaron con comida, bebida y similares), y sobre todo a la pantallita incorporada en cada asiento: ahí pudimos disfrutar de series, películas, juegos y otros pasatiempos, ideales para entretener al pasaje.

Me habían comentado ciertos detalles sobre la aduana en el aeropuerto JKF, pero la verdad es que no tuvimos ningún problema al llegar allí. Con una fantástica organización para agilizar todo el proceso, los funcionarios nos fueron colocando en diferentes filas situadas frente a las cabinas donde trabajaban los empleados de aduanas. Incluso una auxiliar nos habló en español para orientarnos mejor, instantes antes de nuestro turno para acceder al control.

Un par de breves preguntas, entrega de documentación y pasaporte, toma de huellas y fotografía y a correr. En menos de diez minutos ya habíamos terminado con todos los trámites administrativos, y salimos de la terminal dispuestos a montarnos en nuestro primer taxi amarillo. Y he de decir que dicha experiencia no fue muy agradable, quizás lo peor de nuestra estancia en USA.

La mayoría de los taxistas en Nueva York son de origen pakistaní, y en nuestro primer viaje nos tocó uno que conducía de manera bastante alocada. Entre la pertinaz lluvia, los atascos debido a las obras en las carreteras aledañas al aeropuerto, y la hora punta del fin de semana, el conductor parecía bastante nervioso: continuos acelerones, bruscos frenazos e incorporaciones de carril algo peligrosas, y un periplo algo más largo de lo habitual para llegar a nuestro destino. Por fin, sobre las 3 de la tarde, hora de NY, llegábamos al centro mismo de Manhattan, el Midtown.

Tras descansar un rato, deshacer maletas y ponernos al día con nuestros anfitriones, Silvia y Julián, nos dejamos aconsejar para nuestra primera cena en la ciudad. La tarde seguía algo desapacible, con lluvia intermitente, pero en verdad fue casi el único día en el que el tiempo no acompañó. Nos dirigimos por primera vez al famoso Subway, el Metro de Nueva York, una experiencia que puede resultar complicada si no estás avisado. En nuestro caso tuvimos suerte al ir acompañados, ya que el funcionamiento de la red de metro neoyorkina es algo diferente a la de las grandes capitales europeas. Aunque no os preocupéis, enseguida os acostumbraréis llegado el caso.

Adquirimos una tarjeta Metrocard de 7 días, que incluye viajes ilimitados de metro, y que os recomiendo encarecidamente si visitáis la ciudad. Incluye también los viajes en autobús por la ciudad, por lo que es un gasto más que amortizable (29 dólares en abril de 2014). Fuimos entonces hasta la estación de Astor Place, en el East Village, recorriendo después la zona comercial y de ocio de St. Mark’s Place, con multitud de locales de muy diferente procedencia internacional. Al final nos decidimos por el Café Mogador, un restaurante marroquí donde disfrutamos de una estupenda cena.

En nuestra primera noche en la ciudad nos sorprendió el ruido de Manhattan de madrugada: mucho tráfico, obras, sirenas de todo tipo, etc. Pero la impresión nos duró sólo ese día, el resto de nuestra estancia acabábamos tan agotados tras recorrer la ciudad que dormimos incluso mejor de lo que suele ser habitual en España.

El sábado por la mañana, ya con el cielo despejado, fue el turno de encontrarnos con el Manhattan más reconocible. Tras desayunar nos fuimos a dar una vuelta por la zona cercana a nuestro alojamiento, fantásticamente situado junto a la 3ª Avenida. En unos minutos atravesamos calles tan conocidas como Park Avenue, Madison Avenue y enseguida llegamos a la celebérrima Quinta Avenida. Alucinados ante nuestra primera visión de aquellas hermosas avenidas, mirábamos aquí y allá, sorprendiéndonos por la amplitud de las calles, la visión de modernos rascacielos o la belleza de otros edificios más antiguos que conviven en paz y armonía con el asfalto y el cristal.

Las imágenes tantas veces vistas se mostraban entonces ante nuestros ojos: la 5ª Avenida aparecía en todo su esplendor, con sus exclusivas tiendas y grandes almacenes llamando la atención de los turistas. Tuvimos que pararnos ante la fachada de Tiffany’s, un clásico inmortalizado en la película “Desayuno con diamantes” de mi querida Audreyp Hepburn. Incluso nos adentramos en el interior del local, aunque fuera sólo por admirar la magnificencia de un negocio famoso en el mundo entero.

Enseguida llegamos a Grand Army Place, donde está situado el hotel Plaza, y comienza Central Park en su lado Este. Multitud de puestos callejeros y cocheros en busca de turistas a los que pasear en calesa colmaban ese espacio diáfano, pero nosotros nos adentramos en el parque para recorrerlo por vez primera. Después lo visitaríamos en numerosas ocasiones a lo largo de nuestro viaje, pero esa primera impresión de una mañana soleada de primavera la llevaré siempre prendida en mis retinas.
 

Dimos una pequeña vuelta, dejando a un lado “The pound”, un coqueto lago situado en la esquina sureste del parque. Nos adentramos en sus senderos, impresionados por la belleza serena del parque, un oasis de tranquilidad rodeado por torres de centenares de metros. Vimos también la pista de patinaje en sus últimos días de funcionamiento, con una panorámica espectacular desde lo alto de un montículo. Y es que el parque es un lugar idílico para pasear, descansar, hacer ejercicio o simplemente dejarse llevar por las sensaciones. No me extraña que los neoyorquinos adoren Central Park, a nosotros nos encantó.
 
Al mediodía nos acercamos en autobús hasta la zona oeste de la isla de Manhattan para adentrarnos en un largo paseo por la orilla del Hudson, con Nueva Jersey situada justo enfrente de nosotros. Dejamos atrás más de veinte calles, entrando de nuevo por la calle 72 y Amsterdam Street. Conocimos entonces Lincoln Center, un enorme complejo de edificios que se ha convertido en uno de los centros de artes escénicas más grandes del mundo. Allí se encuentran el Metropolitan Opera, New York City Ballet, teatros, librerías y otros edificios dedicados a las artes. Atravesamos después Columbus Circle, una hermosa plaza situada en la esquina suroeste de Central Park, con la estatua de Colón en su centro.

La caminata nos había abierto de nuevo el apetito y esa noche visitamos por primera vez Queens. Concretamente el barrio de Astoria, disfrutando de una de las mejores cenas de nuestro viaje en el restaurante griego Baharí. Un lugar poco frecuentado por los turistas, pero que nosotros tuvimos la suerte de conocer gracias a nuestros anfitriones. Calidad y buen servicio a un precio más que razonable.
 
Tras dormir mucha mejor esa noche, nos levantamos con ánimo de seguir conociendo la inmensa ciudad que se mostraba ante nosotros. Durante la mañana del domingo nos dirigimos hacia Grand Central, la estación principal de trenes de Nueva York, inmortalizada en tantas ocasiones en el celuloide. También recorrimos el complejo Rockefeller Center, con su recoleta pista de hielo. Visitamos por primera vez el menos conocido Bryant Park, un pequeño parque ideal para sentarse a tomar algo o leer, como hicimos nosotros en una visita posterior. Y entonces nos dirigimos hacia uno de los iconos de la ciudad: el Empire State.

En nuestro recorrido por la zona ya habíamos vislumbrado la majestuosa figura del edificio más emblemático de Nueva York, un rascacielos con más de 70 años y una larga historia a sus espaldas. Finalmente llegamos hasta su base, alzando el cuello hacia el infinito para verlo en todo su esplendor. En esa primera aproximación visitamos el hall, con sus murales Art Decó, pero dejamos para otro día la visita al mirador, algo que recomiendo a todo el mundo.

En un restaurante típico norteamericano almorzamos el célebre brunch. Nunca había probado los huevos a la Benedictina, pero he de decir que es un plato contundente y calórico, ideal para reponer fuerzas antes de seguir pateando la ciudad. Y es que esa misma tarde de domingo, con el sol apretando con fuerza, decidimos acercarnos a Brooklyn para ver ante nuestros ojos otra de esas postales que nunca se borrarán de nuestra memoria.

Fuimos en metro hasta la estación de High Street y allí nos bajamos, adentrándonos en el Brooklyn Bridge Park. Y entonces apareció ante nosotros en toda su grandiosidad; una imagen que me impresionó al verla en realidad, por mucho que ya la hubiera contemplado en la pequeña o gran pantalla en multitud de ocasiones: el Skyline de Nueva York desde la otra orilla del río East River, con el puente de Brooklyn a nuestra derecha.

Habíamos pasado del frío y la lluvia a unos 20 grados centígrados muy apetecibles, por lo que el abrigo ya sobraba. Nos extasiamos con las hermosas vistas, divisando incluso por primera vez en lontananza la silueta de la Estatua de la Libertad. Una visita que también tendríamos tiempo de realizar con calma unos días después.
La gente disfrutaba del buen tiempo en el parque, sentados en el césped o en los numerosos bancos del lugar, recorriendo la orilla del río e inmortalizando con sus cámaras las bellas escenas situadas frente a nosotros. Después nos dirigimos hacia la entrada del puente, atravesándolo para regresar al sur de Manhattan. Un recorrido plagado de peatones y ciclistas, con los coches situados en un nivel inferior, que hay que realizar a pie para captar la verdadera esencia del Brooklyn Bridge.
 
Llegamos entonces a City Hall, el antiguo ayuntamiento, situado en uno más de los numerosos parques que pueblan la ciudad. Y de nuevo, como en Central Park, lleno de ardillas curiosas, más que acostumbradas al trato con los humanos.

Dimos una pequeña vuelta por los aledaños de la Freedom Tower, construida en la tristemente recordada Zona Cero, devastada tras los atentados del World Trade Center en 2001. Dejamos a un lado la preciosa iglesia de St’s Paul Chapelle, con su pequeño cementerio, y nos adentramos de nuevo en el suburbano. Ya era hora de descansar tras un domingo en el que acabamos agotados pero felices, con multitud de imágenes que nos llevaríamos para siempre con nosotros...